La probable próxima huelga general de este otoño puede ser crucial para el devenir de los acontecimientos en los próximos meses, incluso en los próximos años. La clase trabajadora española se juega el ser o no ser en esta nueva fase de la lucha de clases.


Ya está aquí. El tan anunciado decretazo de la “reforma” laboral inaugura oficialmente la nueva campaña de las élites en contra de las clases populares en el Estado español. La lucha de clases entra en una nueva fase en la que las clases altas dan un paso más en su guerra no declarada contra el conjunto de la sociedad. Ya no hay excusa para no ver. Quienes creían que bastaba con buscarse la vida por uno mismo, que bastaba con mirarse el ombligo, que ellos podrían librarse, que a ellos no les tocaría, ya no les sirve esconder la cabeza como el avestruz. Por mucho que agachen la cabeza, a ellos también les salpica. Ya no vale eso de esperar a tener suerte y librarse del paro rezando para que la prejubilación les salve de su segura exclusión del mundo laboral. Ya no vale eso de que a mí no me va a tocar porque llevo muchos años con un contrato fijo y en mi empresa me conocen y me valoran. Salvo un pequeño colectivo, cada vez más pequeño, la inmensa mayoría de trabajadores tienen cada vez más amenazados sus puestos de trabajo, su sustento, en el mejor de los casos. Ya no es que el paro haya alcanzado a casi cinco millones de personas en edad de trabajar, ya no es sólo que los funcionarios (y como consecuencia el resto de trabajadores en mayor medida) vean reducidos sus sueldos, ya no es sólo que las condiciones reales de trabajo empeoren en la práctica, obviando los derechos proclamados de papel, ahora, es que sobre el mismo papel, una gran parte de las conquistas logradas en los dos últimos siglos, se están finiquitando. No es sólo que vaya a haber más desempleo, más recortes salariales, menos protección laboral, empleo de peor calidad, es que además se está intentando liquidar definitivamente la capacidad de lucha de la clase trabajadora, reduciendo el margen de maniobra de los sindicatos, atacando de raíz al derecho básico de la organización obrera, menguando la capacidad de negociación colectiva, impidiendo así, por ley, la unidad de los trabajadores. Si la capacidad de lucha de la clase trabajadora, si su unidad, estaban ya, de facto, muertas, con este decretazo, se publican su esquelas. El decretazo pretende rematar a la clase trabajadora.
Pero no nos engañemos. Esto se veía venir. Sólo quienes se tapaban los ojos no lo veían, aunque quizás tampoco podían evitar verlo. El decretazo, que podemos decir, sin miramientos, pretende declarar oficialmente muerta la lucha obrera, el triunfo casi definitivo del capital sobre el proletariado, es también un producto de la apatía de la clase trabajadora. Hace ya tiempo que la iniciativa viene de arriba. Abajo sólo se aguanta estoicamente el chaparrón. La solidaridad obrera hace tiempo que está en paradero desconocido. Nos hemos acomodado. Nos hemos relajado. Y ahora tenemos más trabajo (pero no del remunerado) que nunca. Debemos recuperar el terreno perdido, el tiempo perdido. Nos creíamos el discurso oficial de que la lucha de clases era algo del pasado, y ahora nos topamos con ella sin quererlo, puesto que nos la están declarando quienes la negaban. Pensábamos que el continuo retroceso en derechos laborales que venimos sufriendo en los últimos lustros iba a parar en algún momento, y por el contrario, vemos que dicho proceso es un pozo sin fondo. Y así, nos encontramos con unos sindicatos que se ven obligados, en contra de sus deseos, a declarar huelgas. Nos encontramos con una clase trabajadora que se ve obligada, en contra de sus deseos, a retomar la lucha de clases que ya creía olvidada. No es de extrañar que, en estas condiciones, las huelgas no tengan el éxito que debieran tener. La lucha obrera es ya casi sólo un recuerdo del pasado. La guerra la está ganando el capital, entre otras razones, porque su enemigo está en retirada desordenada, porque los soldados del ejército proletario desertan del campo de batalla y huyen hacia sus refugios privados, porque ya no hay un ejército enfrente sino que muchos individuos aislados. El ejército proletario está descompuesto. La atomización de la clase obrera hace que ya casi no podamos hablar de una clase proletaria sino que simplemente de un conjunto de proletarios, de individuos aislados, que no tienen ni siquiera conciencia de clase. El gran triunfo del capital es que ha descompuesto a la clase trabajadora. La conciencia de clase ha sido prácticamente liquidada. El decretazo tiene que ver ni más ni menos con la rendición definitiva del ejército proletario en nuestro país. Ahonda en sus males, profundiza en su atomización.
La inmensa mayoría de la gente ha sustituido la lucha colectiva por la lucha individual. Todo trabajador sabe que en verdad sólo es posible enfrentarse a un enemigo poderoso mediante la unión, mediante la organización de todos los trabajadores frente al enemigo común, pero, en espera de esa unión que tanto se proclama como necesaria, pero que nunca llega, no tiene más remedio que “enfrentarse” al enemigo individualmente. Y el “enfrentamiento” individual no es más que una claudicación sin límites. Por tanto, la “lucha” de los trabajadores se ha convertido simplemente en un “sálvese quien pueda”, en un “buscarse la vida”. Como así ocurre en el campo de batalla con los soldados del ejército vencido que huye despavorido. Ésta es la cruda situación de la guerra de clases. Éste es el parte de guerra en el momento histórico actual. El decretazo actual, enmarcado dentro de la ofensiva neoliberal internacional, supone el intento de hacer firmar al ejército vencido su rendición. Supone un tratado de Versalles para su definitiva claudicación.
Querámoslo o no, estamos presos del capitalismo. Sabemos que para sobrevivir debemos adaptarnos al sistema. Pero éste nos pide cada vez más. Es insaciable. No basta con “negociar” individualmente con el empresario nuestro salario, nuestras condiciones laborales antes de incorporarnos a una empresa. “Negociación” que consiste normalmente en un “lo tomas o lo dejas”, en un “sí o no”. Sólo en determinadas circunstancias tenemos un poco la sartén por el mango. Cuando tenemos ciertos conocimientos o experiencia que el empresario, o alguno de sus lacayos, necesita urgentemente. Y en dichas circunstancias excepcionales nuestra “negociación” se limita sólo a un ligero regateo en el salario a percibir que, sin embargo, pasado cierto tiempo (no mucho) tenderá a estancarse cuando no a retroceder. Pero este pequeño margen de negociación individual, a su vez, es cada vez menos frecuente. Porque cada vez hay más gente demandante de empleo y el empresario tiene cada vez más donde elegir. Y la negociación colectiva hace tiempo que es sólo meramente simbólica, para establecer ciertos mínimos ridículos. Negociación colectiva que en esta nueva “reforma” se quiere prácticamente finiquitar. ¡Estamos viviendo un resurgimiento de la época dorada del capitalista! Todos somos, tarde o pronto, cada vez más pronto, cada vez más, prescindibles. Esto es algo de lo que todos debemos concienciarnos. No vale el sálvese quien pueda. Porque tarde o pronto nadie puede salvarse, a todos nos salpica. Como decía, el capitalismo es insaciable. No basta con no tener casi margen de negociación, no basta con aceptar las condiciones impuestas al entrar en una empresa, tampoco basta con renunciar a cobrar las horas extras, con perder poder adquisitivo, con llevarse el trabajo a casa, con vivir para trabajar. Ahora nos quieren liquidar sin contemplaciones con el menor coste posible. No nos engañemos, el objetivo último es el despido libre y gratuito. Hasta que no lo consigan, no pararán. Si no hacen aún el despido completamente libre es porque aún temen cierta reacción obrera. Quieren asegurarse la victoria definitiva sobre el proletariado y esto requiere astucia y un poco de paciencia. Si no les paramos los pies continuarán su acoso. Esto es algo de lo que no podemos tener dudas. Los acontecimientos en los últimos lustros lo demuestran irrefutablemente. Es imposible no verlo. Ya ni siquiera vale taparse los ojos.
Con este decretazo no están en juego sólo ciertos derechos laborales, está en juego la propia clase trabajadora. Si ésta no se opone a él firmemente, habrá casi firmado su rendición definitiva. El resultado de esta nueva batalla condicionará de forma directa los acontecimientos en los próximos meses y en los años venideros. Si sale adelante esta nueva contrarreforma laboral, y desgraciadamente hay muchas posibilidades de que así sea, las clases populares de este país se verán sometidas a un retroceso tras otro, a una continua involución. Los organismos internacionales que dictan la política del gobierno “democrático” español, convirtiendo a la soberanía popular, ya de por sí muy mermada en estas “democracias” simbólicas, en un camelo, ya están pidiendo más. La derecha ya pide más. Los empresarios, como siempre, siguen pidiendo más. Lo próximo va a ser la “reforma” de las pensiones y el copago sanitario. Esta batalla contra la “reforma” laboral puede ser la última posibilidad de evitar un enorme retroceso social. El triunfo del capital puede ser casi definitivo. Ya casi lo es. Pero en la historia realmente nada es definitivo. Este decretazo supone un jaque importante, pero no un jaque-mate. Pero aunque no suponga un jaque-mate, la tendencia actual de los acontecimientos nos retrotraen, poco a poco, cada vez más rápido, a las condiciones del silgo XIX. Todas las luchas obreras de los dos últimos siglos están en juego. Tantos esfuerzos y sacrificios se están tirando por la borda. Esto demuestra que la lucha de clases no acabará hasta que una de las dos partes triunfe definitivamente, si es que ello es posible. Pero no sólo es irresponsable tirar por la borda todo el trabajo hecho en los dos últimos siglos, no sólo es irresponsable eludir la lucha a la que nos están obligando en el presente, es también irresponsable no luchar por que nuestros hijos no tengan que volver a hacer en el futuro el trabajo que tuvieron que hacer en su día nuestros bisabuelos. Lo que está ocurriendo en las últimas décadas demuestra, sin ninguna duda, que la clase trabajadora no puede relajarse ni acomodarse. No se trata sólo de conquistar derechos, se trata también de aplicarlos, de saber defenderlos. No es suficiente con conquistar cierto terreno, se trata sobre todo de permanecer alerta para saber defenderlo y seguir conquistando nuevos terrenos. Pero la clase trabajadora no sólo no ha conquistado nuevos terrenos sino que ni siquiera ha sabido defender los conquistados. Y ahora, lógicamente, está volviendo a perder terreno. Esto es una lección histórica que no deberíamos olvidar nunca. Ha llegado la hora de invertir la tendencia. ¡Ya es hora de recuperar terreno! ¡Ya es hora de empezar a defenderse, sin perder de vista que hay que volver a atacar! Y debemos atacar, no sólo para seguir conquistando terreno (que aún queda mucho por conquistar), sino que sobre todo, debemos seguir atacando porque si no, como han demostrado los acontecimientos, nos seguirán atacando. La mejor defensa es el ataque.
La lucha de clases existirá mientras existan clases, mientras haya grandes diferencias sociales, mientras el sistema se sustente en la contradicción entre clases, entre capital y proletariado. A más de uno esto le puede sonar a un marxismo trasnochado. Pero es que, precisamente, el marxismo, guste o no, sigue, en esencia, vigente. De hecho, dado que estamos retrocediendo a la época en que se gestó, cada vez está más vigente. A pesar de ciertos cambios en las formas en los dos últimos siglos, no ha habido tantos cambios en el fondo. Ahora tenemos obreros manuales y mentales. Seguimos teniendo explotación, aunque bajo otras formas más sutiles, más disimuladas, más sofisticadas. Y lo preocupante es que la explotación va en aumento, en vez de al revés. El estrés laboral, el mobbing, son los principales síntomas del aumento de la explotación. Estamos viviendo un evidente retroceso en las condiciones laborales. El marxismo debe adaptarse a los tiempos actuales, pero muchos de sus postulados básicos siguen siendo válidos, entre ellos la lucha de clases. Remito al capítulo “Los errores de la izquierda” del libro “Rumbo a la democracia”, donde analizo en profundidad sus aportaciones y sus errores. Los mismos que nos dicen que el marxismo, que la lucha de clases, es algo superado, es algo del pasado, nos están declarando continuamente la guerra. Ellos que niegan la lucha de clases, la practican continuamente, incluso la intensifican. Es como si un ejército estuviera bombardeando a una población y al mismo tiempo le dijera que la guerra es cosa del pasado. Ellos nos atacan pero al mismo tiempo nos dicen que no hay ninguna guerra, que no necesitamos defendernos. El resultado, si les hacemos caso, es, pues, obvio. Si no te defiendes entonces ellos te dominan cada vez más, ganan la guerra, conquistan cada vez más terreno. Y esto es lo que nos está ocurriendo en esencia. El capital nos aliena cada vez más porque, entre otras cosas, no somos suficientemente conscientes de que nos ataca, porque nos creemos en parte su propaganda engañosa consistente en negar que exista una guerra. La actual crisis nos debe permitir a todos abrir los ojos de una vez por todas. Para volver a luchar debemos ser conscientes de que nos están atacando, de que debemos defendernos. Y la forma de hacerlo es desprendiéndonos del pensamiento único. Es contrastando las ideas y las informaciones, contrastando la teoría y la práctica, lo que nos dicen y lo que vivimos a nuestro alrededor. Es dándonos cuenta de que existen otras medidas para salir de la crisis. Es dándonos cuenta de que las medidas adoptadas por el gobierno de turno no se toman para salir de la crisis, sino que para beneficiar a los mismos que la han provocado. Las medidas tomadas no son las únicas posibles y benefician a las clases privilegiadas, responsables de la crisis, mientras perjudican a la gran mayoría de ciudadanos, mucho menos responsables de la crisis. Esto podemos percibirlo contrastando entre la prensa oficial, dominada por el gran capital, y la prensa independiente accesible en Internet.
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Los vecinos de Espera (Cádiz) paralizan los bancos Las informaciones que se plagian de otros medios, usando hasta las mismas frases e incluso utilizando sus fotos, no se suelen firmar, por lo menos se intenta disimular. Otros por lo menos dicen de donde la sacaron y ponen el enlace de la información original, en este caso la información es de www.lavozdigital.es
Quinta Crónica de "Un viaje a Corea" Periodismo de pura cepa el de este Juan Nogueira. Me encontré hace poco con un inglés que había estado en Corea del Norte, también quedó maravillado de uno de esos espectáculos, como el del circo al que se alude en esta crónica, que él sí había conseguido grabar en su cámara. Impresionante espectáculo, único en el mundo. Del testimonio de este inglés -que era, por lo demás, víctima como todo el mundo, de los think-tanks y la propaganda occidental anticoreana- saqué la impresión de que los norcoreanos creían profundamente en su sistema. Traté de sacar de él si era verdad esa campaña de la CNN de hace algún tiempo, según la cual el pueblo sufre de hambrunas frecuentes mientras la élite comunista se gasta el dinero en imposibles construcciones urbanistas megalomaníacas. Me habló de un edificio que había sido un despilfarro, al parecer. Sobre lo del hambre, no me confirmó nada, dijo que vio gente malnutrida. Se me olvidó preguntarle si el bloqueo y la sistemática campaña anticoreana podría tener algo que ver en eso.
Aunque está claro que ante esto como ante todo el think tank tiene respuestas: "paranoia del régimen".
#24F Acción contra los Rescates a bancos con dinero público #NoRescatesaBancos Hasta 2012 el anterior gobierno inyectó a la banca privada en total 141.000 millones de euros en diversas formas: compra de participaciones, avales… Luis de Guindos, ministro de Economía, afirmó el 2 de Febrero en rueda de prensa hasta en seis ocasiones que “no hay recursos públicos involucrados” en las ayudas a la banca. Guindos cifró en cerca de 50.000 millones (algo más del 4% del producto interior bruto) las nuevas provisiones para el saneamiento de los bancos sin explicar de dónde sale entonces el dinero, cuando la mayor parte procede del Tesoro Público.



