La derrota del Black Power 1968-2018

Recuerdo que en la época de los años sesentas y setentas en mi barrio en Bogotá se puso de moda el peinado “african look” y todo el mundo se encrespaba el pelo que parecía nubes de algodón azucarado. Liando un pucho de marihuana nos sentábamos a escuchar música de Bob Marley o blues de B.B King a la salud del Black Power. Allá en California, y más concretamente en la universidad de Berkley, una profesora de filosofía comenzó a adoctrinar a los negros con mensajes revolucionarios. Se llamaba Ángela Davis quien al cabo del tiempo se convertiría en la lideresa del Partido Comunista de los EEUU. “Una negra comunista” con esos pelos de cafre, el colmo, ¿no? Todos los blancos se rasgaron las vestiduras pues el enemigo soviético se había infiltrado en las entrañas del imperio. Ronald Reagan, por entonces gobernador de California, la calificó de terrorista y apátrida. En 1971 el FBI y LA CIA la acusaron de asesinato en un montaje sin precedentes del que menos mal salió absuelta.

Además tengo bien grabada en mi mente esa imagen de los juegos olímpicos de México 68 cuando los atletas afro-americanos Carlos y Smith, ganadores del oro y el bronce en los 200 metros lisos, al recibir las medallas en el pódium, levantaron el puño en alto en un acto de protesta contra el apartheid y la segregación racial que sufrían los negros en los EEUU. De inmediato fueron despojados de los títulos y expulsados de la Villa Olímpica. Por tamaña osadía cayeron en desgracia y tuvieron que vivir como proscritos pues los supremacistas anglos no les perdonaron tal desfachatez. Qué tiempos aquellos en los que había gente con huevos y dignidad, no como ahora que el personal parece que lo han castrado y sólo piensan en engordar su ego a punta de likes y selfies.

En ese entonces se palpaba en el ambiente el amanecer de una nueva era: los discursos incendiarios de Malcom X y Farrakahn incitaban a la insurrección,  el reverendo Martín Luther King reunía a millones de incondicionales en las calles en su célebre Marcha sobre Washington: por el trabajo y la libertad, en la que pronunció el famoso discurso de “I have a dream”. Los rebeldes pisando fuerte estremecían los cimientos del imperio y cualquiera apostaría que otro mundo era posible. Pero con el paso de los años esa dulce primavera se transformó en un otoño gélido y gris, aquella revolución en ciernes se marchitó y “blowing in the wind”. Los hippies absorbidos por el “establishment” se volvieron reaccionarios y pragmáticos. Esto demuestra que la condición humana es impredecible. La sociedad se ha ido aburguesando alienada por los medios de comunicación, la tecnología  y la propaganda y va a ser muy difícil, por no decir que imposible, el recuperar ese espíritu de rebeldía. Tan sólo restan en pie los últimos mohicanos que nostálgicos empuñan las banderas del “peace and love” deshojando nostálgicos la margarita.

Hoy siento vergüenza ajena al observar a las mujeres africanas paseando por las calles con esos pelos alisados a punta de lejía y todos pintarrajeados de rubio. El diablo blanco se les ha metido al cuerpo y sin ningún reparo las barbies achocolatadas se blanquean la piel o se colocan lentillas azules en sus ojos en un vano intento por borrar el pecado original. ¡Qué falta de dignidad! es increíble hasta donde ha llegado la sumisión al White Power.

Tras el sorprendente resultado en las elecciones presidenciales de EEUU en el 2008 con el triunfo de Barak Obama los anglos americanos reaccionaron furiosos.  Se desató una verdadera tragedia pues un mulato, un “blackie”, iba a ocupar la White House. El Ku Klux Klan lo calificó como “un producto sionista para acabar con la raza blanca” y prometió eliminarlo a las primeras de cambio.

Como en una película de Walt Disney el negrito bueno de Barak Hussein Obama conquista el reino de la bruja malvada. A este simpático “nigger” el amo le entregó el látigo nombrándolo mayoral y a fe que aplicó sin piedad la ley del garrote y la zanahoria sobre sus congéneres (negros, mulatos, inmigrantes, clandestinos o el grass roots norteamericanos) Obama demostró ser un hombre inteligente y políticamente correcto, dotado de un gran poder de oratoria,  muy seguro de sí mismo, un estadista con ideas muy claras, tan claras que no parece negro.  

En fin, un nuevo producto lanzado con éxito al mercado, un icono más de la sociedad de consumo y un ejemplo para millones de ciudadanos que desean hacer realidad el sueño americano.  En resumen es un “piel negra, máscara blanca”, síndrome que  describiera magistralmente en su libro el psicólogo Frantz Fanon.                                                    

En la cabaña del Tío Tom, esa genial novela de Harriet Stowe, el protagonista era un esclavo negro manso y sumiso que se pasó toda la vida trabajando de plantación en plantación. Un negro que nunca protestó pues su fe (de converso cristiano) le prohibía llevarle la contraria a los designios divinos. El amo premió su fidelidad nombrándolo capataz. Hasta que un día, ya anciano, Tom recibe de regalo la libertad, pero de repente -no se sabe bien si de la emoción- a los pocos días muere. ¡Qué irónica es la vida!

Tenemos que resignarnos a rememorar las fechas más relevantes de ese pasado glorioso; las gestas,  los aniversarios y conmemoraciones que se convierten en actos meramente simbólicos en los que se encienden velitas y se gritan lemas románticos de apoyo a las luchas populares “Todo el poder para el pueblo” El movimiento de la negritud -que no solo se circunscribió a EEUU sino también en África- tuvo su punto álgido en esos gloriosos años sesentas y setentas.  Lamentablemente en el resto del continente americano -donde existe una población negra (descendientes de los esclavos) estimada en unos 150 millones -víctimas de increíbles violaciones de los derechos humanos - apenas si tuvo alguna repercusión.

Y es que estamos hablando de la esclavitud que es uno de los crímenes más abominables que se haya cometido a la largo de la historia de la humanidad. Las víctimas fueron capturadas en la madre África como si se tratara de animales salvajes;  a latigazos los cargaron de cadenas y hacinados en las bodegas de los barcos los enviaron al continente americano. De esta manera tan baja y ruin se comerció con la vida de millones de seres humanos que se vendían al mejor postor en los mercados negreros. En este periodo de casi 300 años se explotó a destajo su fuerza laboral en las minas o plantaciones para hacer más ricos a sus amos y a ellos aún más empobrecidos. La esclavitud impulsó el desarrollo capitalista consagrando a los EEUU como la nación más poderosa del planeta.

A partir de los años sesentas y setentas las colonias europeas en África iniciaron paulatinamente sus procesos de descolonización que desembocaron en la proclamación de su independencia. Muchas de las nuevas naciones para contrarrestar la nefasta herencia colonial eligieron el socialismo como forma de gobierno.  Tenemos que destacar a los inolvidables próceres se entregaron de cuerpo y alma por la liberación de sus pueblos: Thomas Sankara, Patricio Lumumba, Almilcar Cabral, Kwame Nkrumud, Julius Nyerere, Desmond Tutu, Mandela, Sekou Toure, Leopold Senghor, sin olvidarnos de ideólogos como Frantz Fanon, Aimé Césaire, Birago Diop, Léon Gontran-Damas, Miriam Makeba.  Al tiempo que en Norteamérica surgieron movimientos anti apartheid y anti racistas liderados por Marcus Garvey, Richard Wright (Partido Comunista de EEUU), Kwame Ture (Stokely Carmichael) Martin Luther King, Malcom X, Amiri Baraka, Kathleen Cleaver, Assata Shakur, Elaine Browne o Angela Davis (que impulsaron reivindicaciones carácter feminista, anti patriarcal y antisistema y anticapitalista)

Las comunidades afroamericanas se distinguieron por un inmenso espíritu de resistencia. La Libertad no es una dádiva concedida por los amos sino un derecho adquirido tras una heroica lucha que se inició hace siglos y que ha costado miles de muertos. La memoria histórica nos brinda ejemplos como el de Shaka, creador de la nación guerrera  Shaka-Zulu que hizo frente al imperio británico a principios del siglo XIX,  al levantamiento de los esclavos cimarrones que  rompieron las cadenas y escaparon a sus quilombos, a aquellos mártires ejecutados por el Ku Klux Klan,  al rugir de las Black Panters (Panteras Negras) en EEUU, los insumisos de la guerra de Vietnam representados por el boxeador Mohamed Ali (Cassius Clay), al clamor de un hombre un voto, queremos tierra, pan, vivienda, educación, vestido, justicia y paz, el I have a dream, y Fred Hampton en el concepto de autodefensa y su teoría del house negro vs el field negro. Y hermano, levanta el puño y apunta para arriba que tú eres de abajo.

Pasaron los años y ese gran entusiasmo popular lentamente fue apagándose, los revolucionarios envejecieron adaptándose a las veleidades de la sociedad capitalista.   El idealismo se volvió materialismo o individualismo del “time is money”. Porque el sistema es muy eficaz y devora lo que le echen, no importa su procedencia, el color de su piel o de su bandera,  ni su condición social, todo lo convierte en un negocio y lo remata a precio de saldo.

Se trataba de eliminar los focos de resistencia, marginalizar y excluirlos en guetos, criminalizar los movimientos sociales; reprimirlos, encarcelar o matar a sus líderes.  Hoy los enfervorizados discursos de antaño han cambiado por las predicas bíblicas en los templos de las sectas cristianas donde se reúnen los descendientes de los esclavos a cantar alabanzas al Dios blanco.

Al negro lo educaron bajo los principios de la civilización occidental cristiana, un proceso de siglos de evangelización para que adquirieran una nueva identidad y erradicar de su alma el paganismo y las supersticiones animistas. En esa especie de doma física y espiritual cuyo resultado no podía ser otro que el crear un  gentleman, el monsieur o madame respetable y fiel a las leyes; vestidos de traje y corbata y bien perfumaditos.

En EEUU los supremacistas blancos llaman despectivamente a los negros de “ape” “simios”, al que les han reservado el papel  de payasos del circo, los gladiadores, los superatletas que danzan trepidantes al son que toca el amo.  La xenofobia y racismo ha creado un tremendo complejo de inferioridad y para intentar pasar desapercibidos tienen que disfrazarse, travestirse; alisarse el pelo, teñírselo de rubio, ponerse los nombres de sus padrinos (blancos)  ¿Cómo desprenderse de ese maldito estigma que llevan grabado en la piel? ¿Tendrán que bañarse en agua bendita? Las cremas milagrosas que blanquean la piel son un éxito de ventas en África, EEUU o Latinoamérica. El negro del siglo XXI tiene la autoestima por los suelos, están ansiosos por blanquearse para elevar el caché. En el colmo de la desfachatez ¿Hay también racismo entre los propios negros? depende de su posición socio-económica, de su nacionalidad porque los europeos o los americanos (asimilados) desprecian a sus hermanos africanos en una inconcebible demostración de cainismo.

En la actualidad la negritud no es ni sombra de lo que fue. El síndrome de Michael Jackson (“piel negra, máscara blanca”)  marca una era dominada por el hedonismo y el narcisismo. Atrás quedaron esos días en que los estudiantes negros orgullosos exhibían con una arrogancia del carajo esos peinados african look y sin inmutarse le hacían un corte de mangas al sistema. Estas fotos amarillentas aún las conservo en el álbum de los recuerdos como constancia de tan humillante derrota.

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación