Adiós a Samir Amin


Desaparecido a los 87 años en París, Samir Amin, intelectual “bohémien” marxista que razonaba en términos globales, desempeñó papeles de primer orden en el Egipto de Nasser y en Mali, y luego en los foros sociales de Porto Alegre y en el movimiento “no global”.


Mi correo electrónico se ha llenado en pocas horas: mensajes de todo el mundo por la muerte de Samir Amin. Un golpazo, porque su desaparición no vino anunciada por una larga enfermedad sino por un reciente traslado de Dakar a un hospital de París. Isabelle, su compañera desde hace más de medio siglo, presente en su inesperado fallecimiento, se desvaneció al volver a casa, rompiéndose el fémur, y está ahora a su vez en el hospital, y así a la desolación se añade la tristeza de no poder siquiera abrazarla por teléfono.

La procedencia de los mensajes  – África, sobre todo, pero también Asia, América Latina, Europa – testimonia por sí misma la personalidad y el papel que ha tenido en la izquierda mundial: no sólo como marxista capaz de poner al día sin dogmatismos su pensamiento ante las abrumadores mutaciones de postguerra, sino como militante politico.

Uno de los últimos grandes intelectuales comprometidos 180 grados en las batallas de los movimientos de este escorzo de siglo, siempre dispuesto a participar y a debatir con los chicos, como sabrá bien cualquiera que haya tomado parte en el  Foro Social Mundial. Llevando a cada asamblea su obstinado optimismo de la voluntad: «Debemos construir la V Internacional», nos prevenía, y no se cansaba de repetirlo, aunque al Foro, una de las citas más varipintas de la Historia, le costara a veces captar el mensaje; pero tenía razón Samir al insistir que los arco iris son hermosos, pero no bastan si se quiere construir «el otro mundo posible».

Pero para todos los participantes su autoridad era indiscutida. Tuvo impacto tambén su última reprimenda contra los [soberanistas] catalanes: “La ideologia dominante” – llegó a escribir hace pocos meses  – ha logrado así su objetivo: substituir la prioridad de la conciencia social por el primado de otras identidades, en este caso la nacional. Es una deriva trágica». Y, había añadido después de asistir a un debate en Barcelona: «Sólo he oído decir a uno de los presentes, a alguien de Podemos, que nunca habría apoyado a un gobierno de derechas, aunque fuera catalán».

Para nosotros, los de il manifesto, Samir Amin ha sido muy importante: lo conocimos al inicio de los años 70, recuerdo todavía el encuentro en mi casa, estando él con otros dos egipcios, cuyos nombres ocultaba un pseudónimo único convertido luego en célebre –Mahmud Hussein (el primer libro de ellos nos descubrió la lucha de clases en el Egipto de Nasser) – y también, no recuerdo si ya la primera vez o sólo la segunda, estando él André Gunder Frank, alemán, pero ya desde hacía tiempo chileno. Eran los primeros marxistas del Tercer Mundo, y nos enseñaron a razonar en términos globales, fuera del gueto eurocéntrico, y por lo tanto, lo que significaba “la acumulación a escala mundial”. Si il manifesto ha sido  la expresión de una izquierda rica y articulada, se lo debemos a este injerto. Que no tuvo nunca las características de un tercermundismo desinteresado de las problematicas del capitalismo avanzado, o, peor, veteado de descofianzas identitarias.

Samir fue de hecho protagonista de todas las redes internacionales marxistas, ortodoxas y heterodoxas, que de cincuenta años a esta parte han animado el debate de la izquierda mundial: los encuentros anuales en Nueva York de la Socialist Scholars Conference, hoy Left Conference, así como, por dar otro ejemplo, los de la Round Table for Socialism, que, también cada año hasta el final de Yugoslavia, se celebraban en Cavtat, presentes, también en el furor de la ruptura, soviéticos y chinos, albaneses y americanos (Sweezy siempre), el PCI igual que il manifesto.

Querría recordar dos encuentros de los últimos con Samir, y perdonadme si me atañen: uno, ya lejano, con ocasión de su ochenta cumpleaños. Sus compañeros egipcios invitaron a veintena de amigos procedentes de todo el mundo a un simposio en su honor que tuvo lugar a bordo de una embarcación que partió de Asuán para recorrer todo el Nilo, y en la cual se se discutía todos los días sobre temas diversos, y en cada puerto se visitaban las maravillas del antiguo Egipto, de las cuales Samir no acababa de estar orgulloso.

El último, no hace muchos meses, en Moscú, para el centenario de la Revolución de Octubre. Estábamos los dos invitados por el grupo “Alternative” de Alex Buzgalin, comunistas pero no ortodoxos, que organizaron un extraordinario congreso  internacional en 2017. Para la sesión de clausura, Alex, que es también un compañero extravagante, había montado un teatrillo pidiéndonos a algunos de nosotros que encarnáramos a un protagonista de la Historia e improvisáramos un espectáculo. A mí me tocó ser Alexandra Kollontai, a Samir, Stalin, a un compañero griego, Trotski, y así todo. Siendo la primera que debía tomar la palabra, le pregunté a Samir: «Compañero Stalin, pero ¿de verdad hacía falta asesinar a Trotski?». Y Samir, espabilado, me respondió: “No, no, fue un verdadero error. Un error de mis servicios de información: me habían dicho que era todavía importante y, por el contrario, ya no contaba nada, por lo que fue algo del todo inútil”. Porque Samir era también muy, muy divertido.

es una reconocida periodista y analista política italiana que colabora regularmente con el cotidiano comunista Il Manifesto. Fue miembro del partido socialista y pacifista Democrazia Proletaria y luego de Rifondazione Comunista. Ha sido diputada en el Parlamento italiano y en el europeo. Recientemente se ha adherido al llamamiento a una lista unitaria de la izquierda italiana para las elecciones europeas impulsado por figuras como Luigi Ferrajoli, Rossanna Rossanda, Pietro Ingrao o Danilo Zolo.

Fuente: il manifesto, 14 de agosto de 2018

Traducción: Lucas Antón

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación