El antimilitarismo ante conflictos bélicos mediáticos

Por desgracia en el momento actual no faltan en el planeta escenarios bélicos. Guerras declaradas con gran cantidad de muertos y desplazados y conflictos de baja intensidad en los que también muere gente y los derechos humanos son violados sistemáticamente. Sin hablar de la violencia económica estructural que mantiene a gran parte de la humanidad en condiciones de pobreza y, entre otras terribles consecuencias, es causa directa de enfermedad y mortalidad precoz. Sobre algunas de estas situaciones no nos llegan apenas noticias. Otras en cambio son difundidas por los medios de comunicación con gran intensidad. La guerra de Siria, por ejemplo, ha venido siendo noticia recurrente en los informativos desde hace algún tiempo, mientras que poco se informa sobre guerras, también por ejemplo, como las de Yemen, Mali, Sudán del Sur... o las que han parecido pasar de moda para los medios de comunicación como Afganistán o Libia. Lo mismo sucede con respecto a la crisis social y política de Venezuela, más que divulgada, amplificada, cuando muy cerca, por ejemplo en México, Colombia o Haití, vienen dándose situaciones de violencia incontrolada y violación de los derechos humanos que a simple vista parecen bastante peores.

Detrás de cada una de estas situaciones suele haber una causalidad compleja. Más allá de fracturas sociales internas por cuestiones políticas, étnicas, religiosas etc., no es nada raro comprobar, o cuanto menos intuir, intereses económicos. Que, muy a menudo, no se circunscriben exclusivamente a agentes internos de los estados afectados por el conflicto sino que obedecen a intereses extranjeros. Habitualmente de grandes corporaciones que, mediante el conflicto inducido o alimentado, buscan su propio interés, parapetándose tras las instituciones de los principales estados occidentales (o de las potencias regionales emergentes). Este hecho podría ser el motivo por el que determinados conflictos ocupan las portadas de los medios de comunicación: normalmente aquéllos que se dan en países cuyos gobiernos no están en clara sintonía con los intereses económicos y políticos de las grandes potencias y que se desean desacreditar ante la opinión pública con vistas a su descabalgamiento mediante la oposición interna debidamente apoyada desde el exterior o mediante la intervención militar directa. Recordemos el caso de Saddam Hussein y las famosas armas de destrucción masiva.

Los mass media se encargan de proporcionar a la población occidental una visión, más allá de la crítica que pudiera hacerse sin faltar a la verdad, expresamente demonizadora del gobierno que desean deponer. Ayer Hussein y Gadafi; hoy Asad y Maduro. La violación de los derechos humanos por parte de estos entes y la necesidad de defender a “la población civil” de la tiranía suele ser la principal razón esgrimida. Por otra parte, las fuerzas internas opositoras que navegan en la misma dirección que Occidente reciben el tratamiento contrario: Su metodología de carácter violento -cuando la hay- es debidamente silenciada al tiempo que se loa su acción, y se les presenta como la legítima representación del “pueblo” concernido. La capacidad de estos medios de modelar estados generales de opinión es bien conocida, así que no ha de extrañar que su discurso cale entre la audiencia. La estrategia de inundar sus espacios informativos con el hecho que pretenden difundir, en todos los casos consigue el objetivo de convertir el conflicto en mediático. Así, repetimos, con independencia de que haya en el mundo otros sucesos igual o más de graves, la gran mayoría de la población centrará en éste y no en los otros su atención y su interés. Si hablamos de personas y colectivos organizados que comparten ciertas sensibilidades políticas y humanistas, el conflicto en cuestión podrá llegar a generar fuertes corrientes de empatía y solidaridad dando lugar a diferentes activismos en relación a él. Y, ciertamente, uno de los peligros que se corren, y que en parte nos mueve a hacer esta reflexión, es que, al igual que se acepta el hecho de dar prioridad -emocional, activista...- al conflicto que nos proponen los medios de comunicación de masas, se acepte también la visión polarizada del mismo con la que éstos nos lo presentan. Sea de forma literal, haciendo propia la lectura “oficial” sobre quién es el villano, sea de forma reactiva, dando por sentado que si los medios del “imperio” cuestionan ese gobierno es porque necesariamente es justo y popular.
Si nos ceñimos al activismo pacifista y antimilitarista cabe entender que la apuesta que se le supone es la de comprender la raíz, la génesis del militarismo en el contexto de una sociedad capitalista globalizada y su aplicación a cada caso concreto. Por ello ha de ser naturalmente desconfiado ante los mensajes que proceden de los altavoces del poder, al tiempo que ha de huir de lecturas simplistas, maniqueas de la realidad; las que resuelven todo análisis señalando buenos y malos, víctimas y verdugos. Más si hablamos de realidades distantes en lo geográfico y lo cultural. Orientar la acción política al señalamiento de una parte “culpable” y a la solidaridad simbólica con la otra parte, a la que se etiqueta como popular, resistente, victimizada etc, más allá de la utilidad práctica que puedan tener este tipo de gestos, si es que la tienen, y de la parte de verdad que pueda contener o pueda faltar en el análisis, no parece que cumpla el objetivo de tratar de impulsar el proceso hacia el cese de la violencia y la obtención de la paz negociada más aceptable para todos los sectores sociales en conflicto, finalidad de cualquier movimiento que se quiera etiquetar como “noviolento”.

Cabe entender que el antimilitarismo fundado en los principios de la noviolencia, ante cualquier tipo de situación bélica o conflicto social, incluso mediante la implementación de estrategias de acción directa y desobediencia civil cuando sea necesario y posible, ha de dirigir sus esfuerzos al objetivo de que las partes lleguen a un punto de diálogo igualitario que permita el entendimiento, la resolución y, finalmente, la reconciliación. No al señalamiento de culpables y la exigencia de castigos. No es misión de la noviolencia propiciar procesos de Nuremberg. Demasiados actores políticos hay ya remando en esa dirección. “Ojo por ojo y el mundo quedará ciego”. El camino de la noviolencia es otro. Puede solidarizarse y defender a las víctimas, sean cuales sean, pero no a costa de aportar legitimación a ninguna de las partes para que le sea más fácil imponerse por la fuerza. No conviene perder de vista que en un conflicto bélico -con más razón en los que estamos nombrando, cuya causalidad tiene una gran complejidad- todos los grupos sociales en liza tienen algún deseo, alguna aspiración legítima. La propuesta antimilitarista no puede ser otra que el diálogo, la negociación, la búsqueda de un consenso en el que todas las partes puedan obtener algo de lo que reclaman dando paso a la reconciliación. No el señalamiento y búsqueda de culpables, como decimos. Máxime cuando se hace de forma polarizada apuntando el dedo en una sola dirección. De esta forma, se tenga mucha o poca razón en las acusaciones concretas, más que procurar la paz y la justicia, se favorece la victoria de un bando y la derrota de otro. Y, con casi toda seguridad, el establecimiento de un escenario posbélico en el que los derrotados van a ser sistemáticamente castigados y anulados como facción social y política. La noviolencia, además, jamás debe instrumentalizarse y convertirse en una suerte de “activo” que pretende legitimar mediáticamente los objetivos de una de las partes enfrentadas. Con independencia de que tal facción efectivamente se ciña a medios exclusivamente noviolentos, lo cual pocas veces es el caso, al igual que el fin no justifica al medio, tampoco sucede al contrario: por muy impecable que sea el método empleado, el fin ha de ser igualmente justo y ser capaz de reconocer la dignidad humana y el derecho de la parte contraria. No será la primera vez en la historia que se ha implementado una injusticia sin necesidad de recurrir a la violencia explícita. Ahí está, por ejemplo, Gene Sharp y su “Institución Albert Einstein” productora de estrategia y táctica por medios estrictamente noviolentos a disposición del gobierno estadounidense para desestabilizar y derrocar gobiernos disidentes.

Una vez introducidas en la dinámica polarizada expuesta, suele ser habitual la utilización del concepto “el pueblo” para referirse al sector social al que se presta apoyo. A nuestro parecer esta simplificación de la realidad es perniciosa además de irreal. Por ejemplo, del actual conflicto sirio llegan al menos cuatro relatos: una parte de la sociedad que apoya al actual régimen político, otra que lo combate desde una reclamación de mayores cotas de libertad al estilo europeo, una tercera que centra sus intereses en la consecución de los intereses estratégicos de la etnia kurda, y una cuarta que desea que su país sea una sociedad tradicional islámica. Denominar “pueblo” a una de esas partes al tiempo que se evita o niega la misma calificación a las demás no ayuda en absoluto, nos parece, al encuentro y el entendimiento. Tampoco al cese de esa cruenta guerra salvo que se apueste por una solución militar. En el caso de Venezuela la situación es menos compleja. La fractura social y política (tras la que desde nuestro grupo sí nos parece percibir la acción de determinados grupos económicos de dentro y de fuera del país), hoy por hoy, mantiene dividida y enfrentada esa sociedad. Preferimos no relacionar ninguno de los dos bandos con una clase social en concreto. Por eso mismo nos parece ilegítima la apropiación del término “pueblo” que unos y otros realizan para etiquetar a la parte que apoyan en dicho conflicto.

Por desgracia, este tipo de apuesta dual de la que hablamos, según se va abundando en ella, suele profundizar en actitudes cada vez más extremas generando discursos que difunden exhaustivamente cualquier hecho censurable cometido por los entes que se quieren señalar: cargando las tintas, evitando contextualizar, dando o negando credibilidad a según qué fuentes etc. Al mismo tiempo se aparta la mirada de hechos similares ejercidos por la parte con la que se simpatiza y se construye un discurso de carácter exculpatorio. No siempre tal actitud se desempeña de forma consciente. De esta forma, la parte a la que dichos grupos apoyan estaría siempre legitimada en sus hechos por el carácter criminal de la parte contraria y su acción sería siempre -cuantitativamente- inferior en cuanto a violencia o a transgresión de las convenciones internacionales sobre “buenas prácticas” en las guerras (como si esa supuesta diferencia supusiera inocencia per se), cuando no, en algunos casos, directamente definida como pacífica y noviolenta. En plena sociedad de la hiperinformación, la guerra informativa cobra una especial relevancia. Habiendo medios televisivos y cibernéticos fuertemente empeñados en transmitir los diferentes relatos que emanan desde cada facción, la verdad de lo realmente acontecido quedará comprometida siendo francamente difícil verificar cada noticia concreta. En algunos casos, los hechos que se exhiben pueden estar deformados de forma amplia llegando a ser, casi o completamente, inventados. En este contexto quienes, desde Occidente, apoyan y rechazan a los distintos actores en conflicto plantearán una auténtica batalla en torno a la legitimidad de dichos medios comunicativos; llegando a cuestionar e incluso demonizar, negando toda credibilidad, a aquéllos que no reproducen su mismo discurso.

Es común que el conflicto entre las diferentes visiones desemboque en una espiral de discursos cada vez más polarizados y enfrentados entre sí, en la generación de espacios “contrainformativos” donde quienes se adscriben a cada una de las lecturas se retroalimentan entre sí, y a la competición por atraerse a diferentes colectivos y público “neutro” hacia su misma lectura de la realidad y su posicionamiento concreto. Es obvio que quien cree en algo está en su derecho a tratar de convencer de ello a las personas que tiene cerca. El problema es cuando tal objetivo se acomete -como sucede en algunas ocasiones- con agresividad y presión. Bajo dos fórmulas. Por una parte la imposición de la polaridad: “¿No estás de acuerdo con mi lectura sobre este conflicto? Eso quiere decir que estás con la otra parte: eres su cómplice”. El otro recurso es el victimismo: “¿No estás de acuerdo con mi lectura sobre este conflicto? Eso quiere decir que no te importa lo más mínimo lo que le está ocurriendo a la gente que está siendo masacrada, torturada, desplazada... en esta guerra. Tu indiferencia te hace cómplice”. En el Grup Antimilitarista Tortuga conocemos bien el precio que hay que pagar por mantenerse al margen de esta dinámica. En este caso ser tildados de títeres del gobierno sirio o venezolano (o del ruso) desde una parte, y de colaboracionistas del imperialismo estadounidense por la otra. No creemos que sea necesario recordar que nuestro colectivo jamás ha mostrado la menor adhesión o simpatía hacia ninguno de esos entes. Porque no la tiene. La insistencia de algunas personas y colectivos por vincularnos con alguna de esas instancias, a lo largo de los últimos meses, lamentablemente, ha llegado a adquirir características de verdadero acoso.

En cuanto a la noviolencia cabe entender, nos parece en nuestro colectivo, que cuando se etiqueta a un movimiento social de “noviolento”, máxime si se hace en un contexto bélico o en el que hay violencia generalizada, hay que ser muy cuidadosos para no pervertir el concepto. Carece de coherencia con dicha ideología el hecho de que grupos concretos se ciñan a tácticas noviolentas cuando sus correligionarios están empleando la violencia. Gandhi, por ejemplo, detenía sus campañas a la menor noticia de que se practicaba violencia desde sus filas. Salvo concretísimas tácticas vanguardistas de carácter terrorista, toda lucha insurgente de carácter violento a lo largo de la historia también empleó métodos que excluían la violencia. No todos los activistas usarán la violencia ni lo harán todo el tiempo. Que se den manifestaciones públicas y pacíficas en contra de un determinado gobierno o de una determinada situación no debe interpretarse en todos los casos como la constatación de un movimiento noviolento organizado. Máxime cuando en el espacio contiguo hay personas luchando por la misma causa con medios violentos. Como pasa en Venezuela, por ejemplo, en cualquiera de los dos bandos. O en Siria donde, por las noticias que manejamos, no pocas (a buen seguro no todas) de las personas que allí combaten al régimen de Asad pretendiendo un tipo de democracia occidental a las que se quiere adjudicar la etiqueta de “resistencia noviolenta”, por lo que se comprueba en no pocos casos, han sido complacientes, cuando no colaboracionistas, con organizaciones armadas de su misma cuerda. El llamado “Ejército Libre Sirio”, por ejemplo. Lo que no significa, obviamente, que, al igual que los restantes sectores en liza, deban dejar de ser tenidas en cuenta o desconsideradas en modo alguno a causa de ello.

Hace algunas décadas, cuando pareció constatable que no iba a darse con carácter inminente ninguna revolución de signo socialista en Occidente, algunos grupos comunistas pusieron su mirada en procesos revolucionarios que estaban aconteciendo en el tercer mundo. El tipo de activismo que alumbró esta nueva sensibilidad, que consistía principalmente (aunque no solo) en expresar apoyo moral y simbólico desde la lejanía, al que se denominó “internacionalismo” fue adoptado por algunos movimientos sociales, entre ellos el pacifista, y ha llegado a nuestros días. Opinamos que la acción política consistente en demostrar solidaridad desde Occidente hacia determinados agentes gubernamentales o populares sometidos a la acción bélica o a diversos tipos de presión política en países lejanos viene a ser heredera directa de este tipo de dinámica. Por nuestra parte pensamos que el antimilitarismo y el pacifismo, tal como creemos que deberían ser practicados, han de profundizar en la causalidad del militarismo y de su principal concreción: la guerra. Estas realidades, hoy, no son cuestión de dictadores delirantes, como la tele trata de hacernos creer. Tampoco de “intereses anticomunistas del imperio”. La cuestión rebasa ampliamente este tipo de simplificaciones y, en realidad, dichos fenómenos están siempre en relación con un sistema político y económico globalizado, de dimensión mundial. Cabe comprender sus causas y sus mecanismos de desarrollo y no limitarse meramente a señalar puntualmente sus consecuencias, por muy graves que éstas sean, ante un público por lo demás indiferente o de interés fugaz y cambiante.

Es evidente que va más allá de nuestras magras fuerzas, se nos escapa, detener materialmente conflictos bélicos con tantos intereses en juego como el de Siria, Venezuela, Palestina, Iraq, Ucrania, cualquiera de ellos. Por eso nuestra postura, además de expresar solidaridad con todas las víctimas, prestar apoyo material a refugiados y desertores e invitar, siquiera desde la predicación en el desierto, a que las partes protagonistas busquen caminos de entendimiento y consenso, ha de ser la de señalar y combatir en su lugar de origen la cerilla que, no pocas veces, es la que prende el incendio. La cual tiene una matriz económica aunque utiliza la dimensión política para prosperar. Un conocido lema antimilitarista reza “las guerras comienzan aquí, parémoslas aquí”. Y es bien cierto que, si poco podemos hacer, siendo realistas, para detener efectivamente conflictos en países remotos (ojalá pudiéramos), al menos sí podemos actuar en nuestros estados para forzar a sus poderes -ponerles en dificultades tal vez- a que dejen de alimentar esos fuegos. El trabajo concreto y a nuestro alcance por realizar pasa por impedir que nuestros gobiernos se sumen a la guerra enviando tropas, participando en embargos y bloqueos comerciales, mandando asesores y entrenadores militares, financiando grupos armados, permitiendo el uso de instalaciones militares como bases de tránsito y avituallamiento etc. También desarrollando los esfuerzos pertinentes para tratar de conocer el interés económico radicado aquí que pueda haber en el trasfondo del conflicto; sea el petróleo, sea la construcción de infraestructuras, la venta de armas... y actuando en su contra. Reconociendo, por último, nuestro triste papel como ciudadanos de un estado de bienestar que se nutre de unas relaciones económicas internacionales injustas sostenidas en buena parte por la acción bélica y estando dispuestas a atentar (noviolentamente) contra tal orden de cosas.

Fuente: http://www.grupotortuga.com/El-antimilitarismo-ante-conflictos

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación

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